Totalmente españolizadas

Hacía ya unas semanas que tenía curiosidad por volver a ir a las tiendas Aldi y Lidl españolas para comparar precios y productos con las mismas tiendas en Alemania. No voy a engañaros, me he llevado una pequeña desilusión al ver que muchos “básicos” de allí son realmente difíciles de encontrar aquí. Hay cosas que nos gustan y que creo yo que o me lanzo a hacerlas caseras (recordemos, eso de la cocina no es mi fuerte) o hago que me las envíen.

Aldi está totalmente “españolizada” (es mi opinión, yo hablo de la tienda que tengo más cercana a casa) tiene muchos productos que en Alemania no había y he echado en falta otros tantos. Dejando a un lado la estructura de la tienda que parece que ya viene prefabricada el resto poco tiene que ver. Una pena, había productos que realmente merecía la pena seguir comprando.

En cuanto a Lidl, se parece un poco más a las tiendas de allí, y he encontrado algunas cosillas que iba buscando, pero seguimos en las mismas, la mayoría de productos no son los que venden allí. Y no me refiero a la marca, eso me da exactamente igual. Yo me refiero a productos en concreto como las bolitas Nudeln (creo que se llamaban así) que me pirran.

Allí en Alemania tenía toda una estantería dedicada a los productos similares al puré de patata incluida las nudeln, pero aquí sólo tienen el puré. Creo que cuando nos comamos las dos cajitas que nos quedan aquí se acabó lo que se daba. Eso sí, pienso investigar por internet para poder hacerlas caseras, que las de pan no deben ser muy difíciles de hacer.

Sólo hay dos cosas que realmente han hecho que se diferencien físicamente las tiendas españolas. Una es que no hay la máquina de reciclaje de botellas que te da 0,25€ por cada una. Y la otra que no vendan tabaco ni alcohol en las cajas. No sé, es como que les falta algo. Eso de ir a pagar y tener todo ese vicio al alcance de la mano es algo a lo que aquí no estamos acostumbrados y que no tendremos.

En fin, no tenían algunas de las cosas que andaba buscando (¿de verdad es tan exótico el Pudding de vainilla que no lo encuentro?) pero por lo menos mi madre ha vuelto bastante contenta con un juego de cuchillos que le ha salido a muy buen precio. Bueno, eso y con la certeza de que mi ketchup favorito lo podré comprar cuando se me acaben los botes que me traje de ketchup al curry. Qué rico…

Todavía espero que sea una broma

No puede ser. Esto debe ser una broma de mi novio con la colaboración del super. A mí esto no me lo dijeron el invierno pasado, y ya podrían haberlo hecho. Porque es motivo de trauma para cualquier español. Decirme si no. ¿Qué español no asocia la Navidad con el turrón? Aunque no lo coma, aunque sólo lo tenga en casa para las visitas o de simple adorno. Una de esas tabletas que vienen de regalo con algo y que al final se queda para el año siguiente. Todos hemos tenido al menos un par de tabletas de turrón por casa cuando es Navidad. ¿O me equivoco?

Señoras y señores, ¡en Alemania no hay turrón! Lo he descubierto hoy, que en lugar de ir al super de siempre (que ya había cerrado) hemos ido a uno diferente que cierra más tarde. Dando una vuelta buscando qué cenar, hemos pasado por el pasillo de los dulces. Se gira mi novio y dice “¡Mira! ¡Cosas de Navidad!”. Una estantería llena de dulces, pasteles, chocolate… Y claro, he empezado a darle vueltas buscando el turrón, que aunque no sea todavía época, esperaba verlo con todas esas cajitas navideñas. Pero nada, ni rastro. A la cuarta vuelta, me pregunta mi novio que qué busco. ¡Pues el turrón! Y va y me dice que aquí no hay. Y se queda tan pancho…

Lo primero que pensé es que me tomaba el pelo. No puede ser. Es una de esas cosas que yo pensaba que era un poco internacional. Pero se ve que no. Le digo “es que sin turrón no hay Navidad” y me dice que habrá que ir hasta la tienda española o este año lo veremos sólo en fotos. Yo seguía sin creerle, pero cuando se ha encontrado al pizzero haciendo la compra, se lo ha contado y ha tenido que explicarle qué era el turrón. Que no sé si en Italia habrá, pero si hay no tendrá el mismo nombre seguro. No me toma el pelo…

¿Y ahora que hago yo con lo que me gusta? De verdad que esta va a ser una Navidad muy rara. Sin la familia, sin turrón, sin tomate frito, sin Trina… Eso sí, si consigo ir a la tienda española, me pienso traer de todo. Y porque la familia no me la traen, que si no también. Al menos todavía tengo tiempo para buscar opciones para tener turrón. Pero de una forma u otra, yo estas navidades no las paso sin mi ración.

Todavía me queda mucho para resignarme. No me daré por vencida hasta que no consiga una tableta. La familia me hace más falta, pero es algo mucho más difícil. Ojalá pudieran traérmelo ellos…

Tres letras marcan la diferencia

Nunca os lo he contado, y creo que ya va siendo hora. Aquí en Alemania, a parte de los productos “normales” hay otra gama que cada vez tiene más fuerza y compradores. Hay gente incluso que está totalmente obsesionada con este tipo de compra y procuran que todo sea de ese tipo. Para los que conocéis un poco del país (o mucho), seguro que os suena. Me refiero a los productos “Bio” que ya mencioné hace tiempo.

Cuando vas a cualquier tienda, tienes los productos Bio allá donde mires. Por ejemplo, una estantería llena de pasta, de todos los tipos imaginables, y en esa misma estantería tienes un trocito dedicado a los productos Bio. Pero no sólo pasta, también yogures, galletas, carne, queso… la lista es interminable. De cada cosa, puedes encontrar su variante Bio cerca.

Pero lo realmente impactante es que no sólo se limita a la comida, no. Yo he visto programas dedicados a promocionar muebles y ropa Bio. ¡Muebles y ropa! Que de verdad que no entiendo (literalmente) que tendrán de Bio, porque que yo sepa no se comen, y el hecho de que no tengan pesticidas no creo que sea un factor muy a tener en cuenta a no ser que les peguen un baño al salir de la fábrica. Que vamos a ver, si a mí me dan a elegir entre un armario “normal” y uno “Bio”, efectivamente elegiré uno normal, que todos los productos Bio cuestan un dineral. Si total, no voy a pegarle un mordisco, como mucho guardaré los zapatos y algún trasto.

Pero con la ropa… se han lucido. Qué queréis que os diga, pero saber que si me dejo una camiseta olvidada detrás de un cajón (a quién no se le ha caído alguna prenda por ese hueco) y que cuando me acuerde o me de por mirar me de cuenta de que se ha descompuesto y tiene el aspecto de un filete de pollo más que caducado, pues no me hace gracia. Y menos si tiene el mismo olor, que a través de la tele eso no se capta. Pero el aspecto… Asquito puro y duro. Yo que tengo ropa aquí que tiene casi 10 años, estaría como para ponérsela, que la “esperanza de vida” de estos productos no supera los 4 o 5 años. Me da repelús sólo de pensarlo.

En fin, me quedo con los productos de toda la vida, que aunque lleven algún componente que igual no es el más adecuado, están aprobados por sanidad, así que no pueden ser malos del todo. Y si un día me encuentro en una tienda un mueble Bio, prometo darle un mordisco para saber en qué se diferencia realmente. A ese y a otro similar pero “normal”, por comparar. Pero de comprarlo, nanai.

Bueno, bonito y barato

Sé que las comparaciones son odiosas, pero en casos como este están más que justificadas. Las diferencias son más que evidentes y no deja de sorprenderme.

Hoy hemos ido al super a hacer una compra con las botellas que teníamos por casa (sí, otra vez) y con los 15€ que hemos sacado hemos comprado algunas cosillas interesantes. Aquí no es como en España. Si un producto está a punto de caducar, lo rebajan al 50% y le ponen una etiqueta de oferta. Da igual lo poco que les quede para caducar.

Es más, hoy hemos comprado varios yogures que caducan mañana con un 70% de descuento. Y oye, bien ricos que estaban, que nos hemos pegado un atracón… Son yogures que de normal rondan 1€ (yogures muy pijos) y que por lo general ni los miramos, que a euro el yogur nos arruinaríamos. Pero si cada uno cuesta entre 25 y 17 céntimos, la cosa cambia. Que entre otras cosas, los yogures que hay aquí son una maravilla, y lo dice una a la que le pirran.

Aquí no tiran a penas productos de la tienda aunque nadie los compre en mucho tiempo. Los rebajan y esperan que alguien se los lleve. Hasta el último día. Y me parece bien, no se tira comida tontamente y hace que gente que no se pueda permitir ciertas cosas pueda al menos probarlas de vez en cuando. Porque no sólo son yogures, pasa con todos los productos que caducan: fiambre, carne, quesos… incluso platos preparados frescos (que aquí hay muchos). Nuestra ensalada de hoy de Tzatziki-Gyros (algo así como pepino, lechuga y carne de kebap con mucha salsa) que de normal vale 3€ de normal, nos ha costado 0,99€. Y lo buena que estaba. Pero claro, caducaba mañana, así que o la vendían hoy o nada.

En España deberían hacer lo mismo. Allí lo vi en un par de supermercados, pero aquí lo hacen absolutamente todos. No desperdiciarían tantísima comida que es desechada días antes de que “se ponga mala” y recibirían algo de dinero en vez de perderlo. Pero bueno, sabemos cómo son las cosas y lo difícil que es cambiarlas.

Visitas así al super dan gusto. Ojalá hubiera todavía más cosas “de rebajas”, que cuando hemos ido hoy se ve que alguien ya había pasado por allí y había hecho un buen cargamento. Pero bueno, cada vez que vamos hay algo, así que solemos probar cosas nuevas cada vez que hay compra. A ver que nos cae en la próxima.

Tengo un tractor amarillo, bueno, en realidad verde

El super es un sitio de lo más peculiar. Me he dado cuenta de que nunca os he hablado de él, y hoy merece una mención. No son como estamos acostumbrados en España, aquí cambia en muchos aspectos, pero como ya iba desde que estuve con mi suegra, pues lo había asumido como algo normal. Pero lo de hoy me ha sorprendido.

Llegamos con el coche al parking del super y aparcamos. Hasta ahí como cualquier visita. Pero de repente oímos un sonido ensordecedor que cada vez se acerca más. Por la esquina aparece un tractor, algo normal por estos lugares con tanto campo. Lo que ya no es tan normal es que el tractor (con su caja-remolque de 5x3x3 enganchado y lleno) coja en dirección a nosotros y se aparque al lado. ¡El tipo se ha venido a hacer la compra en su tractor verde!

Se ha bajado, lo ha cerrado, y se ha metido en el super. Nosotros (bueno, yo) me he quedado mirando, y para qué negarlo, esperando que en cualquier momento el tipo sacara un mando del bolsillo y desde unos metros más adelante pulsara el botón mientras al tractor le parpadean las luces y suena el “tuit tuit” del cierre centralizado. Nos lo hemos cruzado un par de veces por el super, ha comprado su tabaco (sí, sí, tabaco) y se ha ido con su compra y su tractor.

Y es que en un super de aquí, a parte de encontrar los típicos productos como leche o yogures, puedes comprar tabaco o alcohol en la misma caja. En todos y cada uno de los que he ido tienen un gran expositor en la caja donde, o bien pides el tabaco, o lo coges tu mismo. Tienen una gran variedad de productos de estanco. El tabaco aquí en Alemania parece un derecho, porque puedes estar en medio del campo, pero habrá una máquina de tabaco.

Sin olvidar un gran surtido de botellitas de alcohol de todos los colores y formas que se pueden comprar desde 0,70€. Vamos, que quien no bebe es porque no quiere. Eso sí, a la altura de los niños, que si hay algo que les gusta es un montón de botellitas de colorines a su alcance. Si te despistas, te llenan la cesta.

Quizá lo del tractor sea lo que está de moda como decía aquella canción vieja. Pero a mí no me convence. No se meterían con nosotros nadie en la carretera, pero tiene pinta de ser poco práctico y no creo que le pongan pegatina verde. Sigo prefiriendo nuestro cascajo.

Primera salida sin perros

Desde que llegamos aquí al sur de Alemania, pocas han sido las veces que he ido al supermercado, y menos las que he ido con mi novio. Siempre me ha tocado quedarme con los perros en el coche. No están acostumbrados a estar solos en casa, y no sabíamos si nos iban a hacer un estropicio, ya que como no es nuestra nos daba un poco de miedo. Pero hoy nos hemos armado de valor y los hemos dejado en casa para ir a hacer la compra.

Hasta ahora, cuando yo entraba al super era a por algo en concreto, champú o suavizante, cosas que mi novio no sabe elegir cual me gusta. Vamos, una visita exprés y sin muchas vueltas. Así que hoy por fin he podido hacer una visita “guiada” por el super sin prisas. Solemos ir a uno pequeño que hay cerca de casa, pero a pesar de su tamaño tiene de todo. Pero me han llamado la atención un par de cosas: que no vendan carne de hamburguesa sin congelar, la variedad de pasta que tienen (sin exagerar unas 50 de diferentes formas, colores y texturas), una fruta nueva que está buenísima (y que no sé como se llama) y que por fin he encontrado un refresco que se parece bastante al Trina de naranja.

Tienen mil y una bebidas de todos los colores, pero la gran mayoría tienen gas. En serio, ¿es que en este país todo el mundo bebe cosas con gas? Ahí está el mayor problema. Como yo no tomo nada con gas, se reducen mucho las posibilidades. Si a eso le añadimos que los zumos tampoco me entusiasman (y menos los de aquí, que alguno sabe más a plástico que otra cosa), pues poco me queda por probar.

Ojo, que pronunciar la palabra “gas” en alemán tiene narices. Si yo oigo Kohlensäure, me suena más a insulto. Y es que aquí te señalan los productos que no llevan gas en lugar de los que sí tienen. Si no dice nada, muy probablemente sea gaseoso.

Es que a mí eso de los zumos rebajados con agua como que no. Pero hoy hemos visto uno que se adaptaba bien a lo que yo buscaba, y al probarlo en casa ¡sabe igual que el Trina! Es un milagro encontrar una bebida sin gas y que sepa bien a refresco, no a alguna pseudofruta que si no fuera por la etiqueta ni se sabría que es.

Y tengo que decir que la fruta nueva está riquísima, son como bayas rojas con un sabor entre ácido y dulce. Tenemos la caja aquí ahora mismo y están cayendo como si fueran pipas. Y por 1€ medio kilo, pues está genial.

Lo mejor ha sido al volver a casa, que los perretes se han portado genial. Ni un ruido y todo en su sitio, así que ha sido una experiencia para volver a repetir cuando queramos. Nos podemos ir tranquilos que la casa seguirá en su sitio cuando volvamos. Y lo que es mejor, con un poco de práctica podré dejarlos solos si me tengo que ir a trabajar.

¡Toma subidón de autoestima!

Pues eso, hoy he tenido un subidón de autoestima de esos que hacen que tengas una sonrisa durante horas. Me he tirado con la risa floja en el coche durante un buen rato. Y es que no me lo esperaba.

Hemos ido a hacer la compra a un par se supermercados que están uno al lado del otro, y en el segundo he entrado yo sola a por un par de cosillas que en el primero no habían. Pues bien, primero os sitúo. Yo con el pelo suelto después de haberme tirado todo el día con un moño mal hecho, una camiseta vieja de las que tengo para ir por el camping, unos vaqueros cortos que me compré en un Kik (los de aquí se que lo conocéis. Para el resto es algo así como un “todo a 100” pero a lo grande) y unas chanclas rosas que estaban de oferta hace un par de semanas.

Bueno, después de pegarme unas vueltas por el super buscando lo que me hacía falta, me dirijo a la caja a pagar corriendo porque ya están cerrando y me pongo a la cola después de una pareja de unos 45 años. Mientras pagan, veo en la caja una botellita de una bebida que le gusta a mi novio (si, mami, el “jarabe para la tos”) tamaño mini por 1€ y decido cogerla para darle una pequeña alegría. La pongo junto a las otras 2 cosas y ya me toca a mí.

La mujer que había en la caja pasa las dos cosas y luego la botellita, mirándome de arriba a abajo (sobre todo el tatuaje del brazo). Y en esto que me suelta algo en alemán y no era precisamente el precio. Yo, que todavía no tengo un vocabulario muy extenso, le pregunto si me lo puede decir en inglés y me dice que si. ¿A que no sabéis lo que quería? ¡Que le enseñara el pasaporte! Que como estaba comprando alcohol, si tenía el DNI o pasaporte encima. Le digo que en el coche y decide pasármela.

A todo esto, yo pensando que se lo pediría a mucha gente y tal. Pero lo mejor ha sido que me ha dicho que “a la gente con la que duda si tiene 18 años, tiene que pedírselo”. Las risas de esa cajera y la compañera de al lado han sido tremendas cuando le he dicho que tengo 27. Y claro, le he dado las gracias. ¡Qué menos después de haberme subido así la autoestima!

Así que entre risas y el cambio, me he ido con una sonrisa de oreja a oreja del super. Es cierto que me había pasado varias veces hace un par de años. Pero ya tan crecidita, de verdad que no me lo esperaba.

En fin, yo contenta de que me hayan quitado 8 o 9 años de encima con tan simple gesto.  Me ha alegrado la tarde y la noche.

Por cierto, ¡papi, que se que hoy es tu santo! ¡Felicidades! Y si lo celebráis el fin de semana con una barbacoa, mandarme alguna foto.