Compras en el Pueblo

Tengo el don de la oportunidad. Lo sé, no hace falta que nadie me lo diga. Os dije que uno de los dos que están en el taller donde trabajo, concretamente el de por la mañana, desapareció sin dejar rastro el domingo. Pues hoy, por no volver a esperar por tercera mañana consecutiva en la puerta a que alguien me abriera ni fui. Y efectivamente sí que fue.

Resulta que ha estado un par de días enfermo, y ahora que ya está mejor ha vuelto. Claro, podía haber contestado al móvil, pero dice que se lo dejó en casa de un familiar. Yo creo que lo tenía, pero en silencio. Que yo haría lo mismo si no me apeteciera que me dieran la brasa a todas horas, pero por lo menos contestar a la familia.

Así que esta mañana en lugar de estar una hora sentada en un escalón cercano a la puerta del taller, me he ido con mi madre de compras. Hacía mucho que no iba “de visita” por las tiendas del pueblo. Por las del centro comercial sí, varias veces aunque no me compre nada. Pues en las del pueblo la cosa cambia bastante. Llamadme rara, pero no he visto nada que yo me pudiera poner y sentirme cómoda. ¡En algunas tiendas ni unos tristes vaqueros! Yo que los uso a diario… Que ahora que me acuerdo, creo que va siendo hora de sacar la ropa de verano y guardar los jerseis de lana. Me da pereza sólo de pensar en lo que tengo que mover para sacar la maleta.

Bueno, a ver si me hago el ánimo, que ya lo intenté la semana pasada y fue un fracaso. Y aunque hoy haya hecho un poco más de fresco que otros días (aquí hasta han caído algunas gotas por la mañana) nadie me asegura que mañana no vaya a hacer un calor horroroso y necesite con urgencia unos pantalones cortos. Qué poco me gusta el cambio de armario.

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Así da gusto

Hoy ha sido el día libre de mi novio, el primero completo desde hace algunas semanas. Y teniendo en cuenta que llegó esta mañana a las 6 de trabajar después de unas 20 de trabajo era de esperar que se pasara el día durmiendo. A penas he podido verle despierto unas pocas horas y ya lo tengo de nuevo durmiendo. Pero bueno, me consuela saber que dentro de una semana tiene un montón de días libres para descansar y poder verle despierto. Creo que más o menos van a ser 2 semanas en total.

Y bueno, ya que no iba a poder hacer nada con él hasta bien entrada la tarde, hoy mi madre y yo nos hemos ido al mercadillo. Desde que llegué todavía no había tenido ni un solo lunes que me pillara “inspirada” para ir rebuscando bien en los puestos con montones de ropa, pero hoy sí. Y vaya que sí. Y como encima nos ha pillado derrochonas hemos llegado a casa con unas cuentas bolsas de ropa.

3 vestidos, 2 vaqueros, una falda para bailar, otra normal nos hemos llevado entre las dos. ¡Y lo mejor ha sido el precio! Unos 15€ en total. Y no creáis que la ropa es de esa mala que en dos lavados se desintegra, casi toda viene con etiquetas de las tiendas y son muy conocidas.

Está claro que para encontrar una prenda decente tienes que mirar cientos. Sobre todo por el tema de la talla, que la mayoría son de la 36 o 38 (y yo gasto una 40 o 42, depende) y me cuesta encontrar vaqueros donde me quepa el culo. Para que os hagáis una idea de qué tipo de ropa se puede encontrar, uno de los vestidos que nos hemos llevado hoy se lo compró mi tía (sí, tita, tú) para la comunión de mi primo solo que en otro color.

Bueno, ya tengo un par de modelitos para… bueno, cuando vaya a algún lado un poco más mona que con mis vaqueros requete gastados (que siempre pasa igual, tengo un montón en el armario y siempre acabo con los mismos) y las deportivas. Hace tanto que no me subo a unos tacones… Claro, para pasear a los fieras tampoco es plan, que se me enredan las correas en las piernas y me puedo dejar los dientes clavados en el suelo. Si voy con tacones y vestido, lo mínimo que me podría pasar es que le enseñara a toda la calle más carne de la que debiera. Definitivamente, los vestidos nuevos para ir a algún otro sitio, pero con los perretes no.

Admirando los cambios

Tarde de Reyes. Se suponía que este año iba a salir en la cabalgata como algunos años anteriores bailando, pero las cosas se han complicado y este año no ha podido ser. Y me entristece mucho aunque sé que ya tendré otra oportunidad, por eso hoy en lugar de ir a la cabalgata he ido con mis padres y mi novio al centro comercial.

Yo no sé que es lo que ha pasado en el tema de moda en el año que he estado fuera, pero he alucinado en colores en casi todas las tiendas. ¿Alguien puede explicarme qué ha pasado para que esté tan de moda todos esos collares dorados y con pedrería? Juro que la última vez que entré en una tienda de ropa antes de irme no habían tantísimos brillis-brillis por metro cuadrado. Estoy segura que alguno de esos collares tiene que dar dolor de cuello con tanto peso.

Pero no sólo con eso. Había otra tienda en que absolutamente todas las prendas tenían mil colores mezclados. Me ha dado la sensación de alucinar con mirar el escaparate. Tantos colores juntos y tan estridentes no sé, pero creo que se han pasado 3 pueblos mezclando. Y para rematar la faena, al lado una tienda que si no fuera porque habían varias prendas de cada modelo, juraría que era una tienda de segunda mano de esas que sólo tienen prendas del siglo pasado. Que me gustan las prendas antiguas, pero hay ciertos límites en cuanto a estampados. Y eso de que los colores parezca que han pasado por 18.000 lavados con lejía… Vaya, que ni tanto ni tan calvo. Menos mal que todavía quedan tiendas normales en las que los colores son más normales.

Yo hoy no me he comprado nada, pero quizá cuando empiecen las rebajas me anime a alguna cosilla. Lo bueno es que para la próxima ya no me volverá a pasar el “efecto hurraca” y que me despiste tanto brillo. Bueno, pero antes tendré que hacer hueco, que con la ropa de los dos está el armario que ya no cabe un alfiler.

Un lunes movidito

Este lunes se supone que era la última vez que íbamos a despertar en la caravana. Al final no pudo ser y el cansancio nos obligó a posponer unas horas el viaje. Y es que el lunes que tuvimos fue de narices. Nos levantamos temprano los dos (sí, los dos) y nos fuimos al ayuntamiento en bici a darnos de baja. Todo fue bien y rápido, así que a la salida nos fuimos a una cafetería cercana a tomarnos un café y un dulce.

Aquí hago una pequeña pausa. A mí hasta hace cosa de un par de años el café no me gustaba nada. Me sabía terriblemente amargo aún y con dos o 3 azucarillos. Pero en un momento en que necesitaba que el día tuviera 30 horas por lo menos, me animé a experimentar un poco para ver si daba con alguno que no tuviera que tomar como los chupitos, de trago y punto. Después de probar muchos, di con mi favorito. Bombón con un toque de crema de orujo (suave, no os asustéis) o en su defecto con Baileis (creo que se escribe así). A partir de ese momento, cuando lo necesito puedo tomarme uno y hasta lo disfruto. Ahora incluso echo de menos el bombón a secas (en estos momentos es cuando mi madre alucina con mi declaración).

Pues bien, aquí en Alemania no existe el concepto “café bombón” así que no he vuelto a probarlo desde que pisé tierras germanas. Y el lunes necesitaba uno. Había pasado una noche sin dormir casi y se me cerraban los ojos. Al entrar en la cafetería/pastelería a mí se me fueron los ojos con los dulces y como habíamos decidido darnos un último homenaje antes de irnos, me pedí dos. Con lo que yo no contaba era que mi novio había estado atento a mi “echo de menos tomarme un bombón” y había pedido un capuchino para mí. Pero aquello no era un simple café, ¡era todo un cubo lleno hasta arriba de café con leche! Cuando lo vi llegar con semejante recipiente, dudé en tomármelo o hacerme unos largos dentro. Pero como iba a acabar toda pringosa, decidí darle una oportunidad y bebérmelo.

Repasemos. Dos dulces y un café en una taza en la que fácilmente hubiera entrado mi puño entero. Cuando terminé, pensé que explotaba. Pero lo peor de todo es que no me quitó el sueño ¡me dio más todavía! Las tiendas que tuvimos que visitar después las vi a medias, llevaba los ojos medio cerrados. Suerte que con el fresquito de después me pude despejar lo suficiente para llevar las bolsas en la bici y pedalear al mismo tiempo sin comerme a nadie ni caerme por el terraplén.

Por la tarde temprano mi novio se llevó el coche a hacerle una última puesta a punto (comprobando niveles, las ruedas, llenando el depósito) y yo me quedé limpiando la caravana y recogiendo cosas. Pero eso mejor os lo cuento mañana que ya me está quedando un post larguísimo y me quedaría sin nada que contaros.

¡Ya estamos más cerca!

Con un pan bajo el brazo (y una batería en el bolsillo)

Cuando pedí la batería para mi móvil, me la jugué y mucho. Lo mismo me llegaba entre las fechas previstas y me la podía llevar en el viaje o se retrasaba y perdía el dinero. ¡Y ha llegado! He dejado de tener un fijo con aspecto de móvil (24 horas al día conectado porque la batería aguantaba 10 minutos con suerte) y ahora vuelvo a tener mi móvil a pleno rendimiento. He de decir que estoy muy contenta con la web a la que se lo he pedido. Por 9€ que me ha costado, está genial.

Y empezaba a preocuparme, porque cualquier día de estos la batería reventaba literalmente. Estaba ya tan hinchada que no podía cerrar la tapa trasera del todo. Lo dicho, en casa del herrero cuchillo de palo. Vuelvo a poder hacer fotos por la calle (¡la de fotos que voy a sacar en el mercado navideño!) y a no depender de un cable todo el día. Y lo mejor de todo es que tendremos menos posibilidades de perdernos durante el viaje.

Y habría sido la noticia del día si no fuera por el bocadillo que nos hemos comido para cenar. ¡Un bocadillo! Que igual a vosotros os parece una tontería, pero para nosotros es todo un acontecimiento. No sé si en otros sitios aquí en Alemania se podrán encontrar más fácilmente, pero aquí en el pueblo es dificilísima de comprar o te la venden a precio de oro. Pero con aquello de las nuevas costumbres sin el Ka, mi novio hoy me ha sorprendido con una barra de pan de lo más apetitosa para cenar. Nos hemos metido un pedazo de bocata de pollo, bacon y queso de los que hacía casi un año que no probábamos.

Definitivamente, no es lo mismo un bocata con la barra de pan de toda la vida que uno con pan alemán. Que están buenos los panes diferentes que hacen aquí, pero para un bocata no son lo adecuado. Cómo hecho de menos el pan del Más y más de mi pueblo… Pero me consuela saber que la semana que viene podré volver a disfrutarlo. ¡Y los platos ricos de mi madre! Que eso si que no se me quita de la cabeza. Sueño con un plato de arroz con ternera… (babas cayendo cara abajo).

Con el estómago lleno y el móvil arreglado. ¿Qué más se puede pedir? Bueno, sí, hay otra cosa que pediría, pero no creo que haya nadie que pueda hacer la mudanza por mí. Eso no hay quien me lo quite.

Me lo hubiera llevado todo

Soy muy fan de Ikea. Cada vez que me he mudado, de las primeras cosas que hice fue buscar dónde estaba el más próximo, y si podía, hacía una escapada. He tenido la oportunidad de estar en el de Murcia, Sevilla, Madrid y Bilbao, y desde hoy también puedo decir que en uno del sur de Alemania. Da igual que sólo compre alguna cosita de 2€ o 3€, la visita me encanta (y la comida también). Y después de todos los que he visitado, puedo decir que son prácticamente iguales. Y la única diferencia real entre los Ikea españoles y el alemán que he visitado ha sido el idioma (pero ojo, ¡que hasta le he entendido a la cajera cuando me ha dicho A MÍ SOLA que los dulces que llevaba estaban de oferta!).

El otro día cuando fuimos a la ciudad vi a lo lejos el cartel ese gigante que tienen en el aparcamiento, y me quedé con las ganas de ir (llevábamos muchas horas fuera de casa y los perretes estaban solos). Así que lo más cerca que estuve fue en la puerta del parking y sólo de pasada. Pero ayer convencí a mi novio para ir y hoy hemos pasado la tarde por la tienda cotilleando y babeando. Creo que algún que otro charquito he dejado de recuerdo por allí. Camas, sofás, cocinas como Dios manda… Todo lo que de momento no tenemos. Y me encanta. Iba por la tienda diciendo “¡me lo pido!” soñando con cómo decoraría una casa. Soñar es gratis, y sé que no voy a poder comprar esos muebles aunque me mude. Pero por internet regalan muchos y algo se puede hacer con ellos. La cuestión es coger ideas.

Después de pasear uno de los catálogos por toda la tienda, al llegar a las cajas me he dado cuenta de que hay que devolver tanto los catálogos ¡como los lápices! (que levante la mano quien haya ido a Ikea y no tenga un par de ellos por casa). Y oye, que la gente los devuelve y todo. Al final nos hemos gastado 4€ en un par de cositas y directos a la zona de los dulces. En el Ikea de Bilbao compré unas galletas de manzana que estaban riquísimas y las andábamos buscando. ¡Y aquí también las tienen! Menudo vicio… Luego hemos hecho una merienda/cena de perritos calientes de 1€ y vuelta a casa. Como nota curiosa os cuento que la tarjeta Ikea Family que nos sacamos en España, aquí también sirve. La cajera se ha quedado a cuadros cuando le hemos preguntado si no importa que la tarjeta sea de otro país. Menos mal que soy de esas que lo lleva siempre todo en el bolso. Bueno saberlo para la próxima (que la habrá seguro).

Yo contenta que he conseguido la taza que andaba buscando, así que ya puedo desayunar sin cabrearme porque la cuchara grande no llega al fondo del vaso. Espero que en la próxima visita ya tenga un salón con sofá y muebles de verdad, porque le he echado el ojo a una alfombra y en la siguiente cae seguro. Eso y un par de paquetes de galletas otra vez…

De compras

Hoy nos hemos ido a la ciudad a comprarnos un par de chaquetas de segunda mano, ya que las nuestras el invierno pasado quedaron un poco… destrozadas. Las hemos gastado mucho y no pasan por su mejor momento. Así que hemos buscado un par de sitios y nos hemos puesto en marcha.

Yo no sabía que cruzando una simple puerta de cristal se podía hacer un viaje en el tiempo ¡y gratis!. Al entrar en la primera tienda la primera sensación ha sido que la ropa más nueva que había tenía más años que yo. Unos modelitos marujiles ochenteros total. Una de floripondios sin ton ni son, una de estampados imposibles… Hemos tenido que buscar (y mucho) para encontrar alguna prenda que fuera de esta década.

Y luego el drama de las tallas. Soy bajita, un retaco que mide 1,54 raspado y admitámoslo, delantera no me sobra. Así que casi todo era exageradamente grande, y lo poco que más o menos era de mi talla era de niña (muy de niña). He pegado muchas vueltas por la calle, y yo no veo que las alemanas sean todas taaaaaaan grandes. En algunas chaquetas entraban 2 como yo. La única chaqueta que he visto que me gustaba, me venía un poquito grande, pero las mangas me venían cortas. Menuda suerte la mía… Al final, hemos salido de esa tienda con las manos vacías.

Pero en la otra que hemos ido, tenían ropa más “actual” y buenos precios. Ahí sí que hemos encontrado justo lo que buscábamos. Nada más verlo, me he enamorado de un abrigo negro muy calentito ¡y de mi talla! No lo he soltado en la media hora que hemos pasado por allí entre los percheros.

Pero lo que más me ha sorprendido ha sido ver un bolso de Dolce & Gabanna ORIGINAL por 10€. Esa ropa suele ser donada a algún sitio, así que alguien decidió que su bolso carísimo ya no merecía un lugar en su armario. Yo no me gastaría un dineral en un bolso ni loca. Es más, le tengo dicho a mi novio que si algún día aparece con un bolso o algo por el estilo que cueste más de 15€ como regalo, se lo come.

Al final la compra ha salido redonda, los dos contentos, ¡y yo con unas botas de nieve super calentitas! Y cómodas como ellas solas. A mí me da igual que me miren raro, cuando haga falta, las voy a llevar. No quiero dejar de sentir los dedos de los pies unos meses. Ale, ya vamos calentitos para este invierno, y yo no voy a parecer una morcilla de Burgos con mi chaqueta vieja. ¡Iuju!