Último día

Así es, hoy ha sido mi último día antes de empezar a trabajar otra vez. Mañana a las 9:00 habré vuelto a mi rutina (con algunas variaciones) añadiendo a Miniyo a todo el trajín diario. Tengo ganas, lo reconozco. Pero por otro lado me parece todavía muy pequeña para tener que separarme de ella. Que sí, que con mi madre va a estar mejor que con nadie, pero es tan pequeña…

No he dejado de pensar en mañana en todo el fin de semana. Tiene 4 meses y medio, todavía depende exclusivamente de mí para comer, y no, no pienso destetarla por empezar a trabajar. Me parece cruel privarle (privarnos) de esos momentos por el hecho de trabajar. Está claro que sí tiene hambre cuando yo no esté le va a tocar bibe, pero con leche mía, nada de bote mientras pueda evitarlo. 

Mirando el lado positivo, esta semana es como de adaptación, ya que trabajo mañana, el miércoles y el viernes. Se me va a hacer un poquito más llevadera. 

En fin, este momento tenía que llegar tarde o temprano, y me temo que es más temprano de lo que me gustaría. Las 20 semanas de las que he disfrutado de ella en exclusiva me han sabido a poco. Que el tiempo pasa volando, y a mí se me ha hecho más corto de lo que ya me parecía antes de tenerla. Ya os iré contando cómo va la semana para todos.

4 meses

Mañana tenemos la revisión de los 4 meses de Miniyo. Tengo curiosidad por saber lo que ha crecido estos dos meses, porque la he pesado estás semanas, pero no la he podido medir y no tengo ni idea de la altura que tiene ahora mismo. De pie todavía parece muy pequeñita (de hecho lo es para estar de pie) aunque la ropa se le va quedando pequeña a buen ritmo.

Se está convirtiendo en un bebé exigente que si se aburre o emociona grita. Acaba de aprender hasta dónde llega su voz y la pone en práctica cada dos por tres. Entre eso y que sabe toser a propósito, nos tiene ahora mismo babeando a lo loco. Si nos parece adorable hasta cuando llora… 

En cuanto a mí, ya ha empezado la cuenta atrás y en nada me toca volver al trabajo. Que yo sé que con mi madre va a estar como una reina, pero me sigue pareciendo tan pequeña… A veces incluso envidio a alguna amiga en paro que va a poder dedicarse en exclusiva a la peque durante un año entero. Adoro mi trabajo, y no voy a dejarlo, pero a veces me gustaría de disponer de más tiempo para pasar 24 horas al día con Miniyo.

En fin, que no me queda otra que resignarme y volver a la vida real, que este rol de ama de casa todos sabemos que en algún momento tiene que acabarse y volver al de mujer trabajadora, aunque con la variante de “mami trabajadora”. Me va a dar mucha pena la primera mañana que tenga que despedirme de Miniyo para dejarla con mi madre…

Un gran cambio en mi vida

Tengo una noticia importante que daros. Aunque no voy a decir todos los detalles, tenéis que saberlo. Sois lo que me ha mantenido cuerda todo este tiempo y qué menos que lo sepáis. Mi Novio y yo lo hemos dejado. A partir de ahora ya no estará presente en las entradas que publique, y permitidme que me reserve ciertas cosas. Pero ya no formará parte de este espacio. Espero que entendáis mi decisión de no contarlo todo. Están siendo unos días estresantes, y tampoco es bocado de buen gusto rememorarlo una y otra vez. Sólo me queda añadir que en estos momentos las cosas están cambiando mucho, y que tengo algunas que contaros. Pero en general ya me encuentro bastante bien. Os tendré al tanto en esta nueva etapa de mi vida.

Recordando viejos tiempos

El otro día leyendo los comentarios (sí, lo sé, tengo un montón pendientes de responder, me pondré al día poco a poco) me preguntaban por qué tendría que quitarme los piercings para trabajar. Os cuento. La vez anterior que trabajé en la misma empresa (si me habéis estado leyendo seguro que sabéis de cual hablo) me obligaban a tapármelos con esparadrapo cada vez que iba. Sanidad dice que trabajando en una cocina no se pueden llevar pendientes, anillos, pulseras ni joyas o relojes en general. Pero digamos que aquella vez hicieron un poco la vista gorda conmigo y me permitían tapármelos y listo.

En invierno tira y pase, pero en verano es un engorro, porque las tiras se despegan y molesta. Así que esta vez me los quitaré (con todo lo que me cuesta) cada vez que entre a trabajar. Los que llevo son de presión, es una bolita que va encajada (no a rosca) en un aro, así que para ponérmelos necesito unos alicates. Pero como no estoy dispuesta a perder tanto tiempo, me los voy a dejar sin la bolita mientras me dure el trabajo. Los agujeros pueden aguantar abiertos sin nada durante unos días sin problemas, depende de cada persona y del tiempo que lleven hechos. En mi caso, los más recientes tienen 6 o 7 años, ya no lo recuerdo exactamente. Por lo tanto podría quitármelos unos días y no pasaría nada.

Claro, pensando en eso me he puesto a recordar cuando trabajaba en la Ciudad. Las normas que tenían y todo lo que se hacía “porque el jefe lo dice y punto”. Sólo espero que aquí sean un poco más decentes con el tema de la comida, porque de verdad que allí en la Ciudad eran para echarse a temblar. Lo que os voy a contar es cierto, a mí se me removían las tripas cada vez que me obligaban a hacerlo. Pero no os preocupéis, el local cambió de dueño y ya no lo hacen, jurado por una compañera que se quedó después de que renovaran la plantilla.

Al poco de entrar allí, me tocó ir a por una caja de pan al almacén, y al abrirlo olía raro y tenía puntitos negros y azules por encima de que se estaban poniendo malos. Al intentar tirar la caja, la encargada me dijo que el jefe no les dejaba tirarlo, y que sirviera los que al hornearlos no se notaría mucho que estaban malos. Vamos, un gustazo ver que donde has comido a veces sirven pan en ese estado. A mí se me caía la cara de vergüenza de tener que servir eso, y no fue un hecho aislado. El pan se echaba a perder con facilidad (era de ese que viene ya semi horneado) y mínimo una caja a la semana se servía así. Teniendo en cuenta que estuve 3 meses, imaginaros la cantidad de pan que me tocó servir en esas condiciones gastando una media de 4 cajas diarias.

Eran muy quisquillosos con algunas cosas, pero el pan parecía que no contaba. Pero como os digo, el nuevo dueño cambió aquello y dejó de servirse pan malo. No es política de empresa, es que el antiguo dueño era un tacaño de cuidado. A ese le mandaba yo a lo del “jefe infiltrado” a la franquicia que compró después. Fijo que lo echaban.

En fin, no quiero que salten las alarmas, de aquello hace unos años y ya no pasa. Pero no imagináis lo desagradable que era abrir una caja, que oliera agrio (para que yo lo notara ya tenía que oler fuerte) y no poder impedir que se sirviera. Luego nos decían a las empleadas que si queríamos cenar allí. Dependiendo de cómo estuviera el pan cenábamos o no. Nos pegábamos el chivatazo entre nosotras para saber si ese día era “seguro” cenar en el trabajo después de la jornada. Prometo que cuando entre a trabajar la semana que viene os diré si aquí también pasa, que se verdad espero que no. Que todos cometemos fallos, pero aquello era de traca. Y seamos sinceros, que yo también quiero cenar allí sin tener que preguntarme si el pan tiene vida propia. ¡Ya no queda nada para descubrirlo!

Retomando las macetas

Cuando me aburro puedo ser terrorífica. Y si no que le pregunten a mi madre. Lo mismo me da por hacer una cosa que otra o todo a la vez. Como sabéis estos días he comenzado con el bordado a mano sin dejar de lado el amigurumi. Pero yo echaba de menos una afición que tuve que dejar de manera forzosa hace un par de años. ¿La culpa? Del que ronca aquí a mi lado ahora mismo. Por supuesto él lo niega.

Cuando todavía vivíamos y estudiaba en la ciudad yo tenía unos cuantos bonsais a los que cuidaba bastante. No los dejaba a sol cuando pegaba fuerte en el balcón, los metía cuando hacía frío… La verdad es que me gustaban mucho, y aunque no tenía mucha idea de cómo cuidarlos (es más difícil de lo que parece) yo le ponía empeño y salían adelante. Pero estuve fuera de casa una semana y cuando volví me encontré un montón de arbolitos secos que por más que lo intenté no hubo manera de salvar. Mi novio y su “buena cabeza” que decía que no se había acordado de regarlos. Una sola cosa que hacer y se olvida. En fin…

Pero ahora que tenemos planes de establecernos cerca puedo volver a las plantas. No es que me vaya a comprar algún bonsai de nuevo, son muy caros y la economía no está para gastos. Lo que intento es empezarlos desde cero. Y tengo la gran suerte de que la tierra que tenemos en el Campo es genial. Si algo cae al suelo crece. Fijaros que tiramos bajo un árbol el caldo de una ensalada que llevaba tomate y salieron unas cuantas tomateras. Toda semilla que cae al suelo crece por difícil que lo tenga. Sin agua, sin ningún tipo de cuidado… da igual, va a crecer y a un ritmo exagerado. Ya le he dicho yo a mi madre que plante un billete de 5€ a ver si por una de aquellas agarra y nos sale otro más grande.

El caso es que con todas esas plantas creciendo salvajes en el Campo tengo de sobra para intentarlo, sobre todo con las melias que parecen una plaga. Jamás había visto un árbol en el que las semillas crecieran con tanta facilidad y tan rápido. Pero uno de los que más trabajo me había costado cuidar fue un naranjo que plantó mi madre a partir de una pipa. Así que sabiendo dónde encontrar otro podía ir a por más semillas y plantarlo de nuevo. Qué pena que no crezca tan rápido como las melias…

En uno de nuestros maratones diarios pasamos por una calle que tiene plantados esos naranjos que llaman chinos que la fruta es realmente diminuta y sabe a rayos. Hace un par de años eran de lo más exótico aquí y ahora los hay a patadas. Pues cogimos una de esas “naranjas” y planté las pipas. Así que ahora tengo unos 6 naranjitos creciendo en macetas en la terraza de mi madre. Bueno, y 2 melias, un olivo y fresas.

Poco a poco voy teniendo un pequeño jardín de nuevo, que no es tan bonito como el que tenía (tiempo al tiempo, que yo paciencia tengo mucha) pero me gusta salir a regarlo y ver como crece. A ver que hago yo con todas las plantas cuando llegue el verano y la mesa se use todos los días…

La gracia de la primera “congelada”

El año pasado por estas fechas más o menos acabábamos de llegar a Alemania. Hace casi un año que empecé a descubrir cosas que hasta ese momento no había visto, salí por primera (y única vez) de España, y me sorprendí con lo que iba viendo día a día. ¿Que a qué viene todo esto? Mirando fotos de hace tiempo (y alguna más reciente) he visto esta que sin duda de haber tenido blog por aquel entonces la habría puesto sin dudarlo aunque tuviera unas pintillas de andar por casa terribles.

IMG-20130221-WA0001

Esto fue lo que me encontré en el tendedero del balcón de casa de mi suegra al ir a recoger unas toallas que había lavado ese día. Sí, es una toalla literalmente congelada. Que ya os oigo a algunas que eso no es gracioso, que es una putada como una catedral. Y razón no os falta, me lo demostró la ropa días después. Pero por ser la primera vez me hizo una gracia tremenda. Desde luego, esto no se ve todos los días en España, y menos en mi pueblo.

Sin ir más lejos, hoy me he pasado unas cuantas horas al aire libre en tirantes haciendo un intento de coger algo de colorcillo en la cara y los hombros. Pero nada, oye. Quizá si me lo pinto consiga algo.

A ver si mañana vuelve ya el vecino, que me ha dejado sin internet y desde el móvil no puedo contestar a los comentarios que me vais haciendo. Yo los leo, pero el chisme ha decidido declararme la guerra y se ha vuelto selectivo con lo que me deja navegar por internet. ¡Que vuelva de una vez!

El invierno que yo recordaba

Mis padres tienen un terrenito pequeño al que vamos los fines de semana a tomar el solecito, en verano a la mini-piscina, a comer paella o fideuá o sencillamente a hacer el vago en la tumbona cuando se puede. Ahora que hace frío y ha llovido hace poco, así que de momento tenemos faena para unos cuantos fines de semana.

No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Después del invierno alemán, esto es una auténtica maravilla. ¡Me he tirado toda la mañana en camiseta! Vale, de manga larga, pero eso no deja de ser una maravilla. En camiseta fina y tan a gusto. No imagináis lo feliz que estaba yo comiendo fuera al sol sin llevar mil capas de ropa. Estos son los inviernos que yo recordaba y no los de temperaturas bajo cero.

Y no sólo hemos disfrutado nosotros, los perretes se han pasado corriendo todo el día. Mil carreras detrás de la pelota los 4 (hay otro perrete más en El Campo cuidándolo) chocándose entre ellos, ladrando, pisándose, ladrando, persiguiéndose, ladrando… ¿He dicho ya que se han pasado horas y horas ladrando? Nos han sacado de quicio. Le ladraban a absolutamente todo. Entre ellos, a quien tuviera la pelota para que la tirara, a cualquiera que pasara, para pedir comida (que no le dábamos), a una mosca, a los perros del vecino… vamos, que motivos tenían de sobra. Y si no, se los inventaban.

Eso sí, al llegar a casa han caído rendidos los 3 y llevan durmiendo ya 4 horas. A ver quien los pone a dormir cuando llegue la hora… Se han levantado para comer y beber. El resto lo han pasado durmiendo acurrucados en sus rincones. Envidia me dan… ¡Pues luego que no den la brasa que la que va a dormir soy yo!

Y bueno, sé que os he hecho esperar unos cuantos días más de la cuenta, pero por fin tenéis subida la receta de la Fideuá. Ya os aviso que ese día alguien se dejó uno de los ingredientes en casa, pero prometo foto nueva cuando la volvamos a hacer con todos los ingredientes. Menuda cabeza tuvo alguien…